Como pasa el tiempo. Hoy hemos vuelto a ir como desde hace trece años al cementerio de Sevilla a rendir nuestro homenaje particular a las víctimas de ETA, el concejal Alberto Jimenez Becerril y su mujer, la procuradora Ascension Garcia Ortiz.
No podemos olvidar. Una vez más se nos ha venido a la retina y la memoria aquellos terribles momentos de una madrugada fría de Sevilla del 30 de Enero. Una vez más hemos pensado como no hay nada más desgarrador que arrebatar con violencia la vida de un hijo, un padre o una madre. No hay consuelo posible aun trece años después. Acabaron con sus vidas, si. Pero, gracias a Dios, lo que nunca nos podrán arrancar es su ejemplo.
Nuestra batalla diaria es contra el olvido. Soñamos con una sociedad en libertad, sin el yugo de los terroristas. No nos conformamos con nuevas treguas falsas, no es suficiente. No aceptamos que por anunciar que se deja de matar, se obtenga un rédito. Gratificar por dejar de matar no es compatible con nuestra democracia. Sería lo peor, el final mas injusto. Nuestra apuesta tiene que ser siempre insobornable por el Estado de Derecho. La democracia sólo puede ser generosa con las víctimas, no con los verdugos.
Nunca vamos a descansar hasta que no llegue el final definitivo, que no es otro que la derrota de ETA. Sólo hay un fin posible, decente y eficaz. El único con el que concluir que el sufrimiento de las víctimas no ha sido en balde. En el final de ETA tiene que haber vencedores y vencidos. Otra cosa sería un auténtico fracaso de nuestra democracia. Por eso, el mejor homenaje que este año podemos hacer a la memoria de Alberto y Ascen es que los terroristas no se puedan presentar a las próximas elecciones municipales.
Hasta entonces y confiando que no tardará mucho más, nosotros los demócratas andaluces seguiremos teniendo una cita obligada, nuestro recuerdo y reconocimiento a dos grandes servidores públicos sevillanos. Nuestro cariño y cercanía con su familia, especialmente sus tres hijos ( que parecido tan impresionante a sus padres ), compañeros y amigos. Lo contrario, si olvidamos, sería traicionar nuestra propia dignidad.
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